Ayuntamiento de Berzocana

LA VIRGEN DE LA LECHE CON DOS SANTOS.

 Imaginería medieval extremeña (XIV) (Diario HOY 12-10-1985)

ESCULTURAS DE LA VIRGEN MARÍA EN LA PROVINCIA DE CÁCERES.

BERZOCANA: LA VIRGEN DE LA LECHE CON DOS SANTOS.

Por Florencio-Javier GARCIA MOGOLLÓN

La iglesia parroquial de San Juan Bautista, en Berzocana, es una extraordinaria fabrica gótico renacentista: su majestuoso espacio interno se organiza en tres naves dispuestas a la misma altura y separadas por elegantes pilares fasciculados que soportan bellas bóvedas de crucería. El conjunto del edificio data del siglo XVI y la obra se iniciaría, sobre un templo precedente, en tiempos del obispo arquitecto de la diócesis de Plasencia, don Gutierre de Vargas Carvajal (1523-1559) ya que sus escudos se observan en la clave de la bóveda del primero, segundo y ultimo tramo. La iglesia estaría prácticamente terminada hacia el año 1559, fecha que se lee, repetida, en una ventana del lado de la Epístola. Se remataron los trabajos con la elevación del estupendo coro durante el pontificado del prelado don Pedro Ponce de León (1560-1573), cuyo escudo adorna la zona media de su balaustrada. La torre-fachada, dispuesta a los pies, aprovecha, en parte, una anterior construcción de fines del siglo XIV o ya del XV que presenta influencias mudéjares en sus elementos de ladrillo.

En el interior de esta parroquia, en una capilla que mando levantar don Pedro Ponce de León, se veneran las reliquias de San Fulgencio y Santa Florentina (hermanos de San Leandro y San lsidoro de Sevilla), patronos que son de la diócesis de Plasencia. A ellos debe Berzocana su fama y el impresionante templo casi catedralicio que, por su magnificencia, fue declarado Monumento Histórico Artístico Nacional en octubre de 1977.

Guarda esta iglesia entre sus más preciados tesoros una plaquita de marfil, de pequeñas dimensiones (13,3 x 7,6 cm) que debió pertenecer a un tríptico ya que se conservan las huellas de las bisagras en las que se insertaban las puertas laterales.

Posee esta pieza eburnea una compleja iconografía que trataremos de interpretar. El tercio superior lo ocupa un arco gótico, ya tardío por su leve apuntamiento y dotado de gablete o piñón con labores de <<crochet>~. Remata dicho arco en un elemento calado, trilobulado, y en un motivo floral. Su intradós contiene segmentos de circunferencia que lo complican y adornan, a la manera de algunas hermosas obras arquitectónicas muy conocidas de los siglos Xlll y XIV: claustro del monasterio de Santo Domingo (Gerona), San Francisco (Palma de Mallorca) monasterio de Cabas (Huesca), pórtico de Santa María la Real de Olite, claustro de los agustinos de Tolosa (hacia 1341) o arquerías de la cornisa y ventanales de la Casa del Consejo de Barcelona (proyectadas en 1399 y realizadas entre los años 1400 y 1402). En las enjutas superiores de nuestra placa se aprecian los bustos barbados de San Pedro, con las llaves, y San Pablo, con la espada.

Debajo de este arco se desarrolla la enigmática escena a la que antes nos referíamos. La Virgen, en pie (*) y coronada, amamanta a su Hijo al que ayuda en la operación con la mano diestra mientras sujeta con la izquierda un Crucificado que sostiene en vertical delante de ella. A su izquierda se observa un obispo revestido con casulla, tocado con la mitra y portando el báculo. A la derecha de María se ve a un personaje arrodillado, ataviado también con casulla, en actitud implorante o de agradecimiento y presentado por un ángel que apoya una mano en la espalda del sacerdote y lo señala con la otra. En lo alto dos ángeles turiferarios perfuman el ambiente con el incienso, símbolo de la divinidad de Cristo según los exegetas -<<signum Dei>>-. Además, estos ángeles sostienen las especies eucarísticas: el pan y la vid.

De este primer nivel, meramente descriptivo, podemos extraer ya una serie de conclusiones. En primer lugar, debemos decir que es muy difícil identificar a los dos santos que aparecen a los lados de la Virgen, puesto que carecen de los respectivos símbolos parlantes que lo hagan posible. No obstante, aventuramos la hipótesis de que el presbítero arrodillado sea San Ildefonso (606-667), que ocupó la sede episcopal toledana en el ano 657, en tiempos del rey godo Recesvinto. Este santo se distinguió por su gran devoción y amor a la Virgen María. En su tratado De illibata Virginitate Sanctse Mariae defendió de manera radical la virginidad de la Madre de Dios, que había concebido y alumbrado sin perderla. Por ello, según venerable tradición, la Virgen, rodeada de ángeles y de doncellas, le regalo una casulla bordada diciéndole al mismo tiempo: <<Tú eres mi capellán >> (l). Esa es la razón de representarlo en la placa de Berzocana con la casulla colocada y agradeciendo el gesto de María, aunque lo normal en la iconografía del santo es retratarlo en el momento en que recibe la citada prenda litúrgica de manos de la Virgen. Sin embargo, también pudiera ser San Bernardo de Claraval, santo que, como es bien sabido, favoreció con la lactación la madre de Dios y que, aunque no aceptó plenamente la doctrina de la Inmaculada Concepción, si celebró la maternidad virginal de María en su compendio teológico De Laudibus Virginis: <<gaudia matris habens cum virginitatis honore>> (2). Por otra parte, San Bernardo fue uno de los mejores propagadores del culto mariano en la Edad Media.

Teniendo en cuenta los anteriores presupuestos, es probable que el obispo de nuestra placa haga referencia a San Agustín, que lo fue de Hipona. Recordemos un pasaje de sus Meditaciones en que él, "Aguila de Hipona", duda entre la sangre de Cristo y la leche de su Madre: <<hinc pascor a vulnere, hinc lactor ab ubere>> (3). Y de aquí surge, es preciso afirmarlo, una de las series iconográficas mas típicas del santo de Tagaste: de rodillas entre la efigie sangrante de Cristo -en el nuestro cave el Crucifijo- y la de la Virgen que aprieta su seno -en el marfil de Berzocana- para ofrecérselo al Niño.

La Virgen sustenta el Crucifijo de una manera curiosa e infrecuente. Es indudable que el esquema está tomado de los grabados con los que se iluminó en el siglo XV el Comentario al Cantar de los Cantares y, en concreto, del que ilustra el Canto primero, versículo trece: <<Es mi amado para mi bolsita de Mirra, que descansa entre mis pechos>> (4). En el citado dibujo María solo sujeta al Crucificado, pero en la pieza de Berzocana también lleva al Niño Jesús. Se sabe que la mirra, gomorresina y amarga procedente de Arabia y Abisinia, servía pare embalsamar los cadáveres y, según los Padres de la Iglesia, es una alegoría de la Redención de la Humanidad llevada a cabo por Cristo mediante la Pasión. Y la Pasión Redentora esta doblemente representada en este marfil: en la figura del Niño, cuyo destino ya conocía su Madre, que por ello, fue Corredentora del género humano, y en el Crucificado. Vienen a reforzar esta idea las especies eucarísticas que el propio Jesús nos dejó, antes de su pasión y muerte, como alimento espiritual para no perecer, las cuales se incluyen en la parte alta de la placa de la mano de dos ángeles.

No se nos escape la tremenda complejidad de esta iconografía, derivada de su elevado carácter teológico. Por ello mismo, es probable que no alcancemos su comprensión total: la maternidad virginal de María aparece apoyada por dos de sus más conspicuos paladines que son San Ildefonso de Toledo, o mejor San Bernardo de Claraval, y San Agustín -en los dos últimos casos santos relacionados con la lactancia de Cristo, puesto que ellos se beneficiaron también de ella-. Y así como María nutrió a Cristo con su propia leche, éste nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre a través del milagro eucarístico. Deviene, pues, la leche en símbolo de la Sangre de Cristo y este simbolismo lácteo se mantiene de manera machacona en la mística cristiana. Pero la Señora era consciente de lo que iba a ocurrir y, debido a eso, agarra con fuerza al Crucificado al mismo tiempo que da de mamar al Infante, en una figuración ciertamente desconcertante y anacrónica.

Desde luego la placa es bellísima y de una gran calidad artística a pesar de su pequeñez. Es lástima que al tríptico le falten las hojas laterales que es seguro se adornaban igualmente con relieves que contribuirían a aclarar el significado del central. La dulzura de los rostros de la Virgen y de los ángeles, la ternura y el naturalismo con que trata a su Divino Hijo, todo, en fin, nos indica que estamos ante un estilo gótico muy avanzado, quizá ya del siglo XV, pero sin descartar los años finales de la centuria precedente. La corona de florones de María es muy arcaizante, parecida, salvando las distancias, a la de la Virgen Blanca de la Catedral de León (siglo XIII). En cambio el perizoma del Crucificado, bastante recogido, es de factura más vanguardista, así como también lo es la cruz de leño liso y desbastado. El calzado de las figuras es puntiagudo, característico del medievo. Y debemos decir que en las imágenes más antiguas el pecho de María sale por un corte de la túnica, como la llaga del costado de Cristo: así se ve en la pieza que comentamos. En fecha posterior es el corpiño el que se abre para dar paso al seno maternal.

La placa fue ya citada por el profesor Hernández Díaz en un reciente trabajo aunque, por la naturaleza del mismo, no ahondó en su sentido iconográfico. Este investigador la dató en el siglo XV (5).

Pensamos que bien pudo realizarse en un taller castellano, importante, a juzgar por la calidad artística, a fines del siglo XIV o a comienzos del XV: la elegancia general del conjunto, el tratamiento de los pliegues de los ropajes, el naturalismo de los rostros y cabellos así lo pregonan (6).

NOTAS:

(*) Debemos admitir que la Virgen también puede estar sedente sobre un trono. En este caso la posición seria un poco forzada pero por detrás parecen apreciarse las estrías decorativas del sitial. Ello derive, asimismo, de la postura de Jesús, cálidamente arropado por el manto de su Madre.

(1) Louis RENAU, Iconographie de l'Ar Chretien (París, 1958), III, 676-678.

(2) Ibídem, III, 208.

(3) Ibídem III 155.

(4) Manuel TRENS, María. Iconografía de la Virgen en el Arte Español (Madrid, 1947), págs 482 y 483, fig. 290.

(5) José HERNÁNDEZ DÍAZ, Berzocana de San Fulgencio (Sus reliquias y la iglesia parroquial) (Cáceres, 1980), págs 30-31.

(6) Agradecemos profundamente al señor párroco de Berzocana, don Pedro Alfonso Román, las grandes facilidades que nos proporcionó en su día para estudiar y fotografiar la pieza que acabamos de presentar.